Siglo XVI

 

Época de “descubrimientos” y “evangelización” y también de muchas otras cosas que no nos ocupan en este relato. 

El padre João, misionero y ermitaño, más lo segundo que lo primero, ya llevaba un tiempo predicando en esa tierra que no le dejaba de maravillar por lo prístino, diverso y “cerrado” de sus bosques, sus ondulantes colinas y sus pantanos sempiternos: con poco éxito en la parte espiritual, aunque le gustaba pensar que con mucho en la parte humana y que de la otra ya se encargaría Dios... Estaba convencido de que sólo él y Él conocían la existencia de tan desamparado lugar. 

Su somnolienta oración fue interrumpida, narran las crónicas, con los gritos de los niños de la etnia Caluá: ¡San Rafael!, ¡San Rafael!, ¡San Rafael!, lo que precipitó su salida de la choza-iglesia-espacio comunitario donde se encontraba, no sin antes agradecerle al Santísimo lo que por momentos creyó milagro. 

Un coro de niños persistía, señalando al cielo, ¡San Rafael!, ¡San Rafael!... entornando los ojos. El Sol le cegaba, pero distinguió al fin lo que los niños le señalaban llenos de satisfacción: un ave ¿un ave? Plumaje anaranjado, fuego, ¿plumaje? No se quebró su fe, a pesar de estar tentado, dudando si en lugar de un ave era un ángel enviado por Dios.

 

De regreso a su “iglesia” levantó los ojos y vio los tiernos querubines que con tanto esfuerzo había pintado, sus alas, y entendió lo fácil que era para “sus” niños asociarlos con los pájaros. Recordó sus homilías y se dio cuenta de lo poco que entendían de sus mensajes de infierno, de llamas, de salvación y del camino que tanto aconsejaba, ese ejemplo que le había guiado hasta esas tierras. San Rafael, sonrió, pensó: “un paso es un paso”, y encomendó de nuevo a Dios la parte que le había confiado, no sin un “perdóname señor”.  

 

Siglo XVII

San Rafael ya era una palabra integrada, generación tras generación, a la etnia Caluá y a otras etnias nativas con las que se relacionaban. 

Época de naturalistas, antropólogos y hombres de ciencia que “vagaban” por el mundo en nombre de la Ciencia y en el suyo propio y en el de su, en la mayoría de los casos, nada desdeñable ego. 

Hay una narrativa amplia, recogida en las crónicas, que merece estudio propio, de cómo interpretaron San Rafael: 

Los chamanes, después de consumir sustancias tóxicas, psicotrópicas, alzan sus ojos al cielo, mirándolo fijamente, y señalando al Sol invocan a San Rafael”. Normalmente cuando se pone el Sol en los días que el cielo colorea a rojo (si no, no se da este fenómeno lumínico), la tribu, sobre todo los niños, señalan el cielo y repiten de forma monótona “San Rafael”, “San Rafael”, “San Rafael”,...”, siendo por tanto imposible relacionar el vuelo de los pájaros con tal expresión.

Habiendo tomado buena nota de la descripción del mayor y más espectacular de los pájaros y después de recorrer la sabana de Brasil durante tres años, habiendo observado y calificado más de mil aves, nos atrevemos a decir que el ave San Rafael no existe más allá de la imaginación de las etnias locales. 

Una de las danzas más espectaculares que tuvimos ocasión de presenciar era la de un guerrero, vestido con un traje de plumas anaranjadas, brillantes, que giraba veloz alrededor de un tronco, colgándose al revés, atado por uno de sus pies con una liana, mientras hacía batir las alas que a modo de apéndice llevaba sujetas a su cuerpo, mientras todo el pueblo gritaba emocionado, San Rafael, San Rafael, San Rafael… 

Así transcurrió el siglo XVII, y hay muchas historias más, extendiendo, en vez de mitigar, el mito que un día había nacido en una pequeña cabaña en boca de unos niños.

SigloXVIII

 

Habían llegado los primeros cafetos a Brasil para quedarse para siempre. 

En la hacienda azucarera, ahora de infausta memoria pero en aquellos tiempos y ese contexto un ejemplo y orgullo para sus dueños y de muchos otros por ser sus “amigos”, había terminado uno de esos banquetes opíparos, a veces interminables, y los hombres se excusaron, se levantaron y se retiraron al salón de fumar. 

Ya dispuestos en sus cómodos butacones, esperando que el servicio les trajese sus deseados puros y sus destilados, el patriarca, el amo, había decidido sorprenderlos con una bebida oscura, casi negra. Una vez sorprendidos, podemos añadir, y reticentes, les preguntó, ¿saben qué es? Silencio. El más atrevido (todos sabían que era una pregunta retórica) contestó: una infusión, y la réplica fue instantánea, ¿de qué?, la contestación también, “es la bebida de San Rafael”,

y a continuación un silencio de hielo. Una persona del servicio se había atrevido a abrir la boca y sin dudarlo había contestado; todos imaginaron, los innombrables lo desearon: látigo para el osado. Pero no fue así. El amo, ante la sorpresa, inquirió, ¿por qué?, y el criado al que todos ya calificaban de desdichado contestó sin titubear, “porque tiene todos los aromas que San Rafael recolecta cada noche por el mundo y esparce después por nuestra tierra, el Cerrado Mineiro”. Para tranquilidad de unos y desilusión de otros, el patriarca contestó: también se llama café.

La velada, como todas, interminable y etílica en aquella época, transcurrió alrededor de la nueva bebida y la conveniencia o no de plantarla. Al final la caña de azúcar, muy rentable en aquel momento, hizo que se acabase desestimando la planta recién llegada, el cafeto.

 

Siglo XIX 

Cuando la caña de azúcar se cambió por los cafetos, cuando el café sustituyó al azucar, de dulce a dulce y aromático

Ya hacía diez años que las colinas de la fazenda, siempre arropada por sus lagos y bosques, habían cambiado de fisonomía. Ahora eran una plantación de cafetos, cuyas largas hileras simétricas daban un aire armónico a esas tierras que desde hacía generaciones su familia custodiaba.

Habían sido años de aprendizaje, de desilusiones, de cafés que no tenían ni los aromas ni los gustos que esperaban cosecha tras cosecha, pero al fin, después de haber aprendido a recolectar la frágil cereza, a procesarla, despulparla y secarla, sobre todo a respetarla y entenderla, tenían en sus manos unos granos que cumplian los deseos soñados

Sobraban motivos para celebrarlo: un recorrido largo y tantas veces estéril, y un empeño a prueba de desilusiones, había culminado en éxito. 

En el patio de secado de la fazenda se agolpaban todos los que lo habían hecho posible junto a la cachaça. Habían sido ingenio azucarero y aguardaban a que el patrón abriese la fiesta con un brindis y buenos deseos, pero no hubo ni lo uno ni lo otro. Sí alzó la copa, pero sólo dijo: “Nuestro café se llamará San Rafael, celebrémoslo”. 

 

Cambió la copa de cachaça por una taza de su café, de San Rafael, y entre sorbo y sorbo no pudo evitar recordar lo que su abuela le contaba de un pájaro que cada noche iba a una parte del mundo para tomar en su pico un aroma, un sabor, y depositarlo en la que había sido la tierra de su familia, Cerrado Mineiro, hasta perderse en la memoria del tiempo. Ese pájaro que durante toda su infancia lo acompañó viajando por el mundo, San Rafael, el pájaro de plumas anaranjadas como el fuego, lo iba a acompañar en su ilusión más deseada, ser una fazenda cafetera.

Siglo XX  

 

Negras nubes, malos presagios, dos guerras mundiales y una situación carente de la más mínima libertad envolvían el país, con el precio del café desplomado. 

Sólo dificultades: por mucho que se esforzaba, Mateus, el octavo de una saga que había olvidado, casi para siempre, el azúcar, y enarbolaba la bandera del café, no veía un resquicio para no ser el último de su estirpe al frente de la fazenda cafetera. 

Monseñor había hecho saber que visitaría la fazenda. Mateus maldecía la visita; pensaba que, como siempre, sólo venía a pedir, aunque se seguía preguntando intrigado ¿qué será esta vez?, y cada día que pasaba se convencía más de que, fuese lo que fuese, su respuesta sería NO. No estaba para dar nada, absolutamente nada: no sabía si sobrevivirían él y su familia a aquella aciaga época, definitivamente no estaba para concesiones: NO. 

Llegado el día, Mateus supo, justo después de acomodar a Monseñor y rendirle cortesía con

una taza de café, que no se había equivocado. Empezó el prelado, con su tono monocorde y la vehemencia de quien se cree superior y que concibe el pedir como una cortesía y da por hecho que el interpelado lo debe interpretar como una orden, “He de pedirle, apreciado y querido amigo, que le cambie el nombre a su café, tiene mucho de blasfemo y nos incomoda”. Pero la respuesta, convencida, y mucho más sencilla de lo que Mateus hubiera podido imaginar, fue “NO, imposible monseñor, San Rafael es un pájaro, como sabrá, es todos los aromas del mundo que han llegado a Cerrado Minero, y, es sobre todo, la fusión en concordia de dos mundos que hacen que sea posible el café, el de esta tierra, los que la habitaban antes que nadie y los que luego llegaron con, entre otras cosas, los cafetos en sus barcos. Monseñor, NO, San Rafael es también el perfil del café del Cerrado Mineiro”. Y añadió, a modo de conclusión y despedida, “hay que atender a la semántica, a la polisemia: cuando existe el mismo nombre para distintas cosas, sin contexto no se interpretan correctamente las palabras, y estoy seguro de que eso es lo que le ha ocurrido a Su Excelencia”

 

   Siglo XXI

Nuevos tiempos para el café, exigencia de calidad y un mercado agradeciendo, retribuyendo, un portfolio lo más variado posible. El café de especialidad y una cadena cafetera formada y especializada en sus diferentes funciones: el paradigma cafetero cambia, evoluciona a grandes pasos. 

Leão se negaba a creerlo: su cereza había sido rechazada, le explicaron hace tiempo, pero él ni se planteó entenderlo y aplicarlo, él, cafetero “de siempre”, ¿qué querían que cambiase? con lo que él sabía. Permitir que las cerezas se comprasen, procesasen, secasen y exportasen con la calificación del perfil del Cerrado Mineiro: San Rafael, sabía que los cafetos debían estar plantados en sombra, que la recolección debía ser manual y seleccionando sólo las cerezas en su óptimo estado de maduración, que no se podían muñir los cafetos, que…, No era capaz, en medio de su enfado, de recordar aquellas condiciones que eran una hoy, o dos, o tres, más y más, ya no sabía cuántas.

 

Llegó a su finca, a la que tanto le debía pero a la que ahora miraba con desdén, se arrodilló y tomó la tierra entre sus manos, la olió profundamente, como tantas otras veces, le resbalaron las lágrimas por sus mejillas, y supo que algo no iba como debía, entendió que era justo lo que le había indignado: que rechazaran sus cerezas. Esa tierra no podía dar todos los aromas y sabores que el pájaro del fuego, el de plumas anaranjadas, el que es fuego cuando vuela y los recoge por todos los rincones del mundo para depositarlos en el Cerrado Mineiro, San Rafael. También supo que San Rafael no le había abandonado, había sido él quien lo había hecho. 

Repasó mentalmente, plantados en sombra, recolectadas las cerezas a mano en su punto de maduración... no dudó: a trabajar, y gritó desgañitándose: ¡por San Rafael!

San Rafael es un homenaje al mestizaje, a la larga y no siempre fácil vida en Cerrado Mineiro, un canto a la naturaleza prístina, a una voluntad de agradar, de compartir, a la necesidad de que el café sea un proyecto y una voluntad común. Es también lo mejor del encuentro de dos mundos, de dos culturas, de la evolución hacia el entendimiento, no siempre fácil, del sincretismo para acabar teniendo y pudiendo ofrecer un mensaje común de un éxito que sólo ha sido posible por una evolución que ha llevado siglos, que lejos de detenerse, sigue con la misma voluntad de superación que la en un día, tan lejano que cuesta situar en el tiempo, unos niños facilitaron desde la inocencia la fusión de dos culturas, simbolizándolo en el pájaro de los mils colores, San Rafael, el que traía lo mejor de otros mundos al mejor de los mundos. 

 

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